El recién nacido no se encuentra completamente preparado para las exigencias de la vida postnatal (el recién nacido aun tiene recuerdos de los estados fetales); de aquí sus ineptitudes fisiológicas.

La respiración puede ser irregular y la termo-regulación poco firme. El control y dirección del peristaltismo y deglución son precarios. Se sobresalta, llora, estornuda al más leve estimulo. Sus umbrales son bajos e inconstantes.
Por tales razones su comportamiento parece vacilante e incompleto. No es capaz de la sostenida adecuación postural que supone una duradera atención. La tensión motriz es parcial, fugaz y migratoria. Su vigilia aun no se diferencia claramente del sueño, y los ritmos de actividad y reposo están pobremente deslindados; muchas de sus actividades parecen esporádicas.
El organismo se fatiga rápidamente debido a su falta de madurez y al enorme esfuerzo que debe realizar para lograr las correlaciones de y entre sus vísceras y mecanismos sensorio-motrices. Llanto, somnolencia, irritabilidad, mal humor, reflejan las dificultades infantiles. De ahí que el recién nacido aprecie tanto la confortabilidad, suave y tibia, de sus envolturas y mantas que reviven en los hábitos de la vida fetal.
Algunos de sus comportamientos rememoran los orígenes de la especie.
Hace bruscos movimientos y contrae los puños en forma que recuerda la prensión y pendulaciòn arbórea. Durante 8 semanas conserva los dedos fuertemente apretados en las horas de vigilia; solamente cuando se hace mayor comienza a relajarlos, pero todavía alas 12 semanas están los dedos laxamente flexionados.
El reflejo tónico-cervical, actitud de las más constantes en las 12 primeras semanas de la vida postnatal, prepara, literalmente, el camino de la prensión